Populismo, ira social y liderazgo emocional
En la era del narcisismo de masas y las redes sociales, el análisis de Giuliano da Empoli resulta revelador: los líderes populistas han aprendido a capitalizar la ira popular como principal herramienta de movilización. A esto se suma la reflexión de Daniel Innerarity, quien sostiene que una sociedad indignada tiende a votar por quienes administran su rabia, más que por quienes ofrecen soluciones reales a los problemas estructurales.
El populismo se configura así como una forma de dominación política, donde un líder carismático accede al poder mediante elecciones democráticas, pero luego establece una afinidad emocional directa con amplios sectores sociales. Esta relación, lejos de fortalecer la democracia, suele debilitar las instituciones, erosionar las libertades individuales y concentrar el poder en una figura que se presenta como la única voz legítima del pueblo.
Ejemplos contemporáneos de este fenómeno incluyen a Donald Trump en Estados Unidos, Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador, Jair Bolsonaro en Brasil, Matteo Salvini en Italia y Leonel Fernández en la República Dominicana. Aunque sus estilos difieren, comparten un denominador común: el liderazgo personalista como eje del poder.
Crisis global y responsabilidad histórica del liderazgo
En la actualidad, el mundo vive un escenario marcado por el caos, los conflictos, la impunidad y la desigualdad, donde cada día trae su polémica, su disparate y su golpe de efecto. A este contexto se suma un riesgo mayor: el deterioro institucional de las Naciones Unidas, el principal espacio para construir lo que alguna vez se concibió como “una comunidad de destino para la humanidad”.
La historia demuestra que el papel de los líderes es complejo y multifacético, y que solo pueden ser juzgados por su actuación en los momentos críticos de su vida pública. Mientras algunos, como Nelson Mandela y Pepe Mujica, entendieron el poder como un acto de servicio y renuncia, otros optaron por el camino del populismo, utilizando el descontento social como herramienta de permanencia.
La gran pregunta de nuestro tiempo no es solo quién lidera, sino para qué y a favor de quién se ejerce ese liderazgo. En esa respuesta se juega, una vez más, el futuro de la democracia, las instituciones y la convivencia humana.
Por: Fausto Herrera Catalino