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“Los muchachos de la democracia”, una conjura militar que buscaba defender los resultados electorales de 1994

En el año 1990 se creó un movimiento dentro de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, compuesto mayoritariamente por coroneles, como “guardián de la libertad” ante el temor de que en las elecciones siguientes, pautadas para 1994, sucediera de nuevo un fraude masivo como en los comicios de ese año.

Discreción, sigilo, respeto, vocación democrática y obediencia militar son algunos de los valores con los que se describe a este grupo fundado por los entonces coroneles Manuel Ernesto Polanco Salvador y José Miguel Soto Jiménez. Este último es quien narra la historia de este comando “de carácter no subversivo” en un libro que será presentado esta tarde en la Universidad del Caribe (Unicaribe).

“Los muchachos de la democracia”, nombre con el que el expresidente Hipólito Mejía bautizó a este movimiento secreto, es también el título de la nueva publicación de Soto Jiménez.

Dedicado al doctor José Francisco Peña Gómez, este es un texto que, según su prologuista, Roberto Cassá, “abre el conocimiento de un periodo iniciado en 1990, que por su naturaleza conspirativa quedó fuera del alcance de la generalidad de la población”.

“El equipo militar”, acuñado así por Peña Gómez, surgió, agrega Cassá, para evitar que Balaguer propiciara en 1994 un proceso electoral fraudulento como el de 1990. Se trataba de una intervención castrense “anómala” que no pretendía ser un golpe de Estado, sino más bien garantizar el respeto de la voluntad popular.

El propósito que unió a este conjunto de militares y policías profesionales era proteger la voluntad popular en el caso específico de que el doctor José Francisco Peña Gómez ganara las elecciones en 1994, unas que terminaron en un acuerdo con Joaquín Balaguer, jefe de Estado y candidato del Partido Reformista Social Cristiano (PRSC), al que “El Moreno”, ganador de los comicios, accedió en aras de la paz de la nación.

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El general José Miguel Soto Jiménez con la Plana Mayor del Instituto Militar de Educación Superior (IMES), en 1992, algunos de ellos miembros activos de Los Muchachos de la Democracia.

Su autor explica que el libro no pretende “ser una justificación de lo acontecido” o “el alegato de descargo tardío de un posible mal ejemplo institucional”, tampoco un peso de conciencia movido por el escrúpulo profesional ante lo que describe reiterativamente como una “anomalía institucional” que solo buscaba “evitar un mal mucho peor, previniendo y disuadiendo un gran colapso nacional”.

“Para la llamada primera vuelta, después del difícil tránsito que provocó el denunciado fraude y el cambio de panorama situacional que produjo el Acuerdo por la Democracia y, posteriormente, el Frente Patriótico, en un periodo anterior a estos arteros artificios, estuvimos a punto de una acción militar para defender la voluntad popular expresada en el 1994 que Peña finalmente desarticuló”, añade el autor.

El grupo de los coroneles nació tras un encuentro entre Soto Jiménez e Hipólito Mejía en El Río, Constanza, en 1990.

Mejía terminó como una especie de padrino del equipo, mentor. Pero nunca instó a una insurrección, levantamiento o «golpe de Estado». De lo contrario, Soto Jiménez afirma que no se habría podido agrupar inicialmente la calidad y la cantidad de oficiales profesionales que se unieron, no para inferir en el proceso de obtención de los resultados electorales, sino para estar prestos a defenderlos si así se diera el caso.

La clave operativa del movimiento nunca buscó romper con el orden y la lógica militar y su doctrina, sino más bien proteger la democracia, “a la que por la Constitución estábamos misionados como institución a defender”.

Los nuevos miembros llegaban por recomendación de los militares que ya integraban el grupo. Asimismo, tanto Hipólito Mejía como Peña Gómez tenían muchos amigos, conocidos y relacionados en las cuatro fuerzas, el primero más que el segundo.

“Cuando ambos querían que cualquiera de ellos pasara a formar parte del grupo, como pasó en algunos casos, su nombre era sugerido al equipo de mando y después de ser depurado cuidadosamente, si llenaba las condiciones profesionales requeridas por nosotros, se sometía a votación y, si era favorecido por la misma, entonces se ingresaba formalmente en una reunión del grupo, siendo presentado en el acto por quien lo recomendó”, explica el texto, reuniones en las que también se hacían informes situacionales y coyunturales.

En caso de que el candidato fuera rechazado, no ingresaba al grupo, sin importar que tuviese relaciones con cualquiera de los miembros, y el rechazo en la votación, casi siempre, se debía a vinculaciones peligrosas, a asociaciones inconvenientes o temperamentos débiles.

Entre los primeros integrantes existían varios factores en común, como que habían ingresado en la promoción de 1973 y que eran oficiales que habían prestado servicio en el Cuerpo de Ayudantes durante los dos gobiernos del PRD.

Además de Soto Jiménez y Polanco Salvador, entre los primeros miembros del equipo militar se enlistaban Adriano Silverio Rodríguez, Estrella Fernández, Jacobo Reyes, Elvio Antonio Guerrero y Atahualpa Domínguez Valenzuela, Soto Nicasio, Jacobo Reyes y el coronel piloto Álvarez Pérez, fallecido en un trágico accidente de aviación.

El grupo creció y supo sabiamente, con Hipólito como guía, cómo preservar y manejar el secreto, usando hasta el quebrantamiento parcial del mismo a su propio favor. Pero el silencio primó en los círculos más íntimos y filiales de Mejía, cosa que el equipo siguió como ejemplo.

Hasta Peña Gómez, quien solo tenía a tres de sus más allegados al corriente, estaba regulado por Mejía con el fin de no permitir filtraciones ni deslices innecesarios.

Ni siquiera la inteligencia, asegura con certeza Soto Jiménez, pudo detectar la actividad del grupo durante alrededor de cuatro años, “el tiempo necesario para nacer, crecer y desarrollarnos”.

“Justo el tiempo también para llegar desde el noventa a un próximo proceso electoral, el del 1994, donde por el posicionamiento democrático del PRD, el equipo militar podría cumplir su propósito de proteger la voluntad popular de los despropósitos que sufrió el PLD en ese sentido en el 1990, siempre partiendo de la posibilidad de que el PRD ganara las elecciones, tal como se esperaba”, agrega el texto.

En ese cuatrienio aglutinó gran parte de los mejores oficiales jóvenes profesionales de las fuerzas militares. La cifra ascendía a 97 miembros, entre ellos coroneles, tenientes coroneles, mayores y algunos subalternos auxiliares.

Previo al año de las elecciones, las reuniones entre ellos eran cada vez más frecuentes y contaban, además, con la presencia de Peña Gómez, quien por muchos años fue blanco de una discursiva que lo pintaba como enemigo del establecimiento militar.

Cada coronel llegaba uniformado con traje a las citas clandestinas. Los puntos de encuentro eran lugares bastante reservados, casi siempre segundas residencias de balagueristas prestadas para “fiestas personales”, ignorando el verdadero propósito del uso de las mismas. Por ello, las convocatorias obligaban a un operativo detallado, planificación y gran cautela.

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El general José Miguel Soto Jiménez junto a Hipólito Mejía y sus respectivas esposas

Las esposas de varios de estos militares se convirtieron en cómplices de esta conjura por la democracia. Ellas tenían a su cargo las atenciones propias de ese tipo de eventos, así se prescindía de la gente del servicio y disminuían los riesgos de filtraciones. Mientras que el coronel Moquete Méndez de la Policía, en dos de sus radios, mantenía estrecha vigilancia, escuchando las frecuencias operativas de «la uniformada», incluyendo la del Servicio Secreto.

Sobre el tema logístico, siempre corrió por parte individual de cada uno de los miembros, ni colectas, ni serruchos, tampoco donaciones, salvo unos «beepers» asignados al «grupo de mando» para facilitar con seguridad las comunicaciones operativas.

En 1995 eran 137 miembros, sin contar otros oficiales superiores en puestos claves que colaboraban desde áreas sensitivas de todo el establecimiento militar y hasta político, mas no pertenecían a “los muchachos de la democracia”.

Pero en ese mismo año, el presidente Joaquín Balaguer recibió una lista con los nombres de los dirigentes del grupo. Más que quedar al descubierto, resultó en una muestra del “éxito” del equipo militar: ninguno de sus integrantes perdió su carrera.

“Fuimos tantos en número que hacer una purga era algo muy cuesta arriba, incluso para un presidente como el de turno, Joaquín Balaguer, a quien nunca le tembló el pulso para afrontar esos asuntos y conjurarlos”, expresa el autor. “El doctor Balaguer llegó a decir ante los instigadores militares que pedían nuestras cabezas que, si eso era como ellos decían, y con ese propósito avieso que referían, el que tenía que irse era él”.

Para Soto Jiménez, la mera existencia, disposición y acción develada en el conocimiento parcial del doctor Balaguer tuvieron un valor primordial en sus apreciaciones y negociaciones para llegar a la aceptación de aquel empate técnico y a la fórmula de los cuatro años, repartidos en dos y dos.

Y, pese a reiteradas recomendaciones de sus políticos y militares, Balaguer no destituyó a ninguno de los «muchachos de la democracia» durante los dos años más que permaneció en el poder (1994-1996). Incluso con la llegada de Leonel Fernández al poder, en 1996, el entonces presidente peledeísta nombró y dio funciones en su entorno cercano a muchos de esos oficiales, según el relato que hace Soto Jiménez.

Pero ni los nombramientos o ascensos que recibieron, aunque sin pedirlos ni esperarlos, fueron tan satisfactorios para el grupo de los coroneles como cuando Hipólito Mejía, después de juramentado como presidente de la República, cumplió con su intención e incluyó en su primera ronda de decretos la creación de aquellas estructuras militares contenidas en un plan de reforma y modernización propuesto por el antiguo equipo militar.

Una vez fueron desapareciendo las razones que le dieron origen, sobre todo a partir de 1996, y acatados los resultados electorales por el doctor Peña Gómez, «el equipo militar» entró en receso en su accionar, “quedando por lo tanto en una especie de estado latente memorial, donde no quedó jamás rescindido en la conciencia nuestro compromiso con las aspiraciones de perfeccionamiento de nuestras instituciones castrenses”.

Por: Noticonexion/YADIMIR CRESPO

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