El líder supremo de la República Islámica, el hombre que tenía la última palabra en todos los temas, murió en un bombardeo israelí la mañana del 28 de febrero. Su relevancia no solo era política, sino también religiosa.
«Hemos perdido a nuestro gran líder y lo lloramos. Su martirio en las manos de los más terribles terroristas y exterminadores de la humanidad es un símbolo de su virtud». Con estas palabras la Guardia Revolucionaria iraní, el cuerpo armado cuya misión es resguardar el sistema clerical que gobierna el país, despidió al ayatola Alí Jamenei, el hombre que no solo guió los destinos políticos persas por casi 37 años, sino que además era una figura espiritual de enorme importancia para el mundo chiita.
Fue el segundo líder supremo de la República Islámica de Irán, tras la muerte del ayatola Ruhollah Jomeini, en junio de 1989. Antes, entre 1981 y 1989, había sido presidente. Sin embargo, en el entramado político iraní, la figura del presidente tiene una capacidad de decisión limitada y está supeditada a la del líder supremo, que es siempre quien tiene la última palabra tanto en temas internos como en asuntos internacionales. Así se explica que seis presidentes sirvieran en el período en que Jamenei estuvo al mando del régimen.
Analistas sostienen que el rumbo que tomó Irán fue diseñado por el mismo Jamenei, que confió cada vez más en la fuerza militar para ejercer el control. «Durante su reinado, reemplazó el turbante por un casco militar”, dijo al periódico Le Monde Ahmad Salamatian, un antiguo parlamentario iraní exiliado en Francia.

La figura de Jamenei es relevante tanto política como religiosamente para la sociedad iraní.
No solo era el comandante en Jefe del Ejército y de la Guardia Revolucionaria, sino también líder del llamado «eje de la resistencia», una alianza antioccidental y antiisraelí compuesta por Hezbolá (Líbano), la Yihad Islámica y Hamás (Franja de Gaza), el régimen de Bashar al Assad (Siria), los hutíes (Yemen) y las milicias chiitas iraquíes.
Caracterizado por su turbante negro y su frondosa barba blanca, Jamenei supo mantener el equilibrio entre las distintas facciones para que ninguna acaparara demasiado poder en Irán. Su presencia le dio una coherencia al sistema político del país, logró ordenar bajo su paraguas a un Estado compuesto por una enorme diversidad cultural y, a la vez, facilitar la lucha no solo contra las protestas y la disidencia interna, sino también contra las sanciones internacionales.
Una carrera política ascendente
Ali Hosseini Jamenei nació el 16 de julio de 1939 en la ciudad santa de Mashhad, cerca de la frontera iraní con Afganistán, en el seno de una familia pobre de religiosos chiitas que le enseñaron a llevar una vida sencilla y humilde. Estudió el Corán en la ciudad santa del chiismo, Nayaf, en Irak, y de regreso a Irán acudió a la escuela religiosa de Qom bajo la dirección de los grandes ayatolas seguidores de Jomeini. También estudió en la Universidad de Teherán.
Desde comienzos de los sesenta fue activista del movimiento islámico contrario al Shah Reza Pahlavi y participó en el levantamiento religioso contra su régimen en 1963. En 1964 regresó a Mashhad y desde entonces, debido a su actividad revolucionaria, fue encarcelado varias veces por la policía política del Shah. Pese a ello, participó activamente en el derrocamiento de Pahlavi.
Con los islamistas en el poder asumió diversos cargos. Formó parte del Consejo de la Revolución hasta su disolución en 1980, y luego ingresó como diputado al primer Parlamento. También fue miembro del Consejo Supremo de Defensa, máximo órgano del mando militar, creado al estallar la guerra entre Irán e Irak en 1980, el mismo año en que fue nombrado consejero ministerial, comandante de la Guardia Revolucionaria y más tarde líder de la plegaria semanal de los viernes en Teherán.
Un líder de mano dura
Tras asumir como Líder Supremo en 1989, intentó acabar con el aislamiento internacional de su país. En el extranjero era visto como de tendencia moderada, aunque esa imagen pronto cambiaría.

En noviembre de 1994, ya siendo líder supremo iraní, asumió como máxima autoridad chiita, tras la muerte del gran ayatola Mohamed Ali Araki. De esta manera, su figura pasó a ser no solo la de un líder político y religioso relevante, sino la de un auténtico rey plenipotenciario.
Pese al talante más aperturista que parecía mostrar, a largo plazo reforzó la ideología radical del sistema, incluyendo la confrontación con el «Gran Satán» estadounidense y la negativa a reconocer la existencia de Israel. Aunque bajo su mando tuvo a presidentes más o menos reformistas, Jamenei siempre se puso del lado de los partidarios de la línea dura, haciendo prácticamente imposible cualquier cambio en el sistema.
Durante su liderazgo demostró ser un estratega hábil que nunca dudó en recurrir a la represión y que superó muchas crisis al frente del sistema teocrático. A lo largo de décadas reprimió brutalmente una serie de protestas, como la movilización estudiantil de 1999, las manifestaciones masivas desencadenadas en 2009 por unas controvertidas elecciones presidenciales y una ola de contestación en 2019. También sofocó duramente el movimiento «Mujer, Vida, Libertad» de 2022-2023.
Junto a su esposa Mansoureh Khojasteh Baqerzadeh, Jamenei tuvo seis hijos (cuatro hombres y dos mujeres), aunque solo uno, el clérigo Mojtaba (56 años), tiene relevancia pública y parece ejercer una influencia significativa tras bastidores. Sin embargo, para los chiitas, una sucesión padre-hijo está mal vista, por lo que es poco probable que pueda seguir los pasos de su padre.
Varias horas después de que Donald Trump anunciara la muerte de Jamenei, la televisión estatal iraní confirmó la noticia, leída por un presentador que no podía controlar su dolor. En el ataque israelí que acabó con Jamenei la mañana del 28 de febrero de 2026 también perdieron la vida varios miembros de su familia, entre ellas una hija y un nieto del alto dirigente.
La República Islámica decretó un período de luto de 40 días y siete días festivos tras la muerte del ayatola. La Guardia Revolucionaria, por su parte, prometió un «castigo severo» a los «asesinos».
Por: Noticonexion/efe